jueves, 9 de enero de 2014

PAUL GAUGUIN, UN MUNDO DE COLOR

Paul Gauguin nació en París en el año 1848, por lo que él vivió el impresionismo como una iniciación en el mundo del arte, siendo ya demasiado tarde como para aportar algo personal a ese movimiento. a los pocos meses de su nacimiento, su familia decide emigrar a Perú, ya que temían las consecuencias que podría traerles la subida al poder de Luis Napoleón, pero la emigración no dura mucho, ya que a los pocos años la familia decide volverse.
Gauguin, consigue exponer con los impresionistas, siendo sus primeras obras influidas por el arte tanto de Cézanne como de Pisarro.
Gauguin se casó con una mujer danesa, de nombre Mette Gad, con la cual tuvo cinco hijos. Al estallar una fuerte crisis financiera, la familia se ve obligada a emigrar a Dinamarca, pero al poco tiempo Gauguin regresa a París con uno de sus hijos donde trabajaría como traductor, pero con todo y con eso, se ve ahogado en la miseria por lo que decide enviar a su hijo de regreso a Dinamarca y él se embarca hacia Panamá.
Se puede decir, que Gauguin  es en este viaje donde toma contacto con el exotismo del lugar, mas una enfermedad le obliga a volver de nuevo a París, donde conocerá a Van Gogh.
Posteriormente, Paul Gauguin se traslada a Bretaña, donde toma contacto con Émile Bernard, quien le transmite sus ideas de Sintetismo y pone en práctica nuevos medios:

  • Las composiciones comienzan a mostrarnos acciones, no limitándose a plasmar únicamente el paisaje.
  • El dibujo delimita las formas con precisión.
  • El color no esta fragmentado y se encuentra distribuido en varias zonas.
Uno de los primeros cuadros que hace de este estilo, y que hoy en día es celebre, es el llamado LA VISIÓN DESPUÉS DEL SERMÓN, cuya realización tuvo lugar en el año 1888. Es una obra de trazo vigoroso y de colores muy vivos, irreales, y nos habla de una experiencia vivida. La escena nos cuenta como unas mujeres bretonas, tras salir de de la iglesia se encuentran a Jacob y el ángel, como consecuencia del sermón. La cálida armonía de colores, hace que podamos percibir el exotismo.
A partir de este momento, Gauguin pone una acción con puesta de escena, mientras que en los paisajes continuaremos viendo como sigue afín a los impresionistas.
Gauguin tiene una época durante la cual hace representaciones de inspiración religiosa, donde destaca la pintura CRISTO AMARILLO,del año 1889. Este cuadro se inspira en los pasos del calvario y de los Via Crucis bretones. Se ve claramente definida la síntesis de la forma y del color, y la inspiración se basaría en la estampa japonesa y en los vitrales medievales.
Tras esto, Gauguin se traslada a Tahití y a Las Marquesas, para integrarse en una sociedad que no está corrompida por el progreso, es por este motivo por el cual su pintura se hace más primitiva y vuelve al exotismo más romántico. Intentó integrarse con los nativos del lugar, llegando a tener una relación amorosa con una de las indígenas.
Su obra cobra fuerza y personalidad por la amplia paleta de colores que utiliza, y se nutre del folclore de la tierra para retratarlo.
De esta época destacan varios cuadros que hizo a diferentes mujeres de la isla, muchos de ellos desnudos. Pondremos de ejemplo DOS MUJERES TAHITIANAS y MUJERES DE TAHITÍ.
Dos Mujeres Tahitianas, es un autentico elogio a la sensualidad y la belleza, además de estar cargado de exotismo. Aparecen dos mujeres a medio vestir con una bandeja de fruta en las manos.
Mujeres de Tahití, es un cuadro pintado en 1891, y se muestra la oposición entre civilización y autenticidad primitiva.

Finalmente, Paul Gauguin muere el 8 de mayo de 1903, pasando a la posteridad por el gran colorido de sus obras.

domingo, 5 de enero de 2014

Una belle époque con regusto amargo


El escritor austriaco Stephan Zweig decía en sus memorias tituladas "El mundo de ayer", que la Europa previa a la Primera Guerra Mundial "era un mundo seguro". Efectivamente, a nadie se le podían ni pasar por la cabeza los horrores que se iban a vivir durante el siglo XX, con hasta dos guerras mundiales. Pero lo cierto es que si realmente indagamos en estos años, sí que percibimos elementos que de alguna forma estaban ya anunciándonos el desastre. Pese a ello, y coincidiendo con Zweig, los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX estuvieron considerados como una época de seguridad, recordada por los que tuvieron que vivir el horror de la Gran Guerra como un tiempo feliz (aunque la verdad es que después de un hecho tan traumático, cualquier época habría parecido feliz), bautizada por los franceses bien como el fin de siècle, bien con el más hermoso belle époque, pues ciertamente fue un tiempo feliz para todos, (excepto para los siempre desdichados obreros), una minoría en realidad en el conjunto de Europa en comparación con el resto de la sociedad, formada por campesinos, pequeños y medianos burgueses, clase media profesional, la alta burguesía y la nobleza. 
Eran años de pujanza económica, exceptuando una leve crisis financiera entre los años 1891-94, entrando a partir de 1896 en un momento de crecimiento imparable. A finales del siglo XIX darse toda clase de caprichos estaba al alcance de cualquiera sin necesidad de apretarse mucho el cinturón: era fácil acceder a una casa, viajar durante un año sabático al acabar la universidad, y encontrar trabajo tampoco suponía demasiados problemas (¡algo digno de envidia por un español estos tiempos!).
Savonnerie de bagnolet (1897), cartel publicitario al estilo de la época, de Alfons Mucha


Cartel publicitario de actuación de cancán en el Moulin Rouge (1890), de Jules Chéret




















Pero el ambiente de seguridad que se respiraba no era sólo de tipo económico, sino también de lo que entendemos propiamente por seguridad, pues ignorando los suburbios de Londres o lo que se cocía bajo los puentes de París, disfrutar de un paseo nocturno por las calles de las grandes ciudades no suponía ningún riesgo, y los robos y asesinatos eran casos anecdóticos (aunque los suficientes para dar trabajo al ficticio Sherlock Holmes y al por desgracia real Jack el destripador, que son de esta época). Tanto bienestar dio lugar a una sensación de optimismo y de alegría de vivir, creándose la impresión entre la burguesía de que la ciencia emprendía un camino hacia un progreso indefinido que acabaría dando solución a todos los problemas;  eran los años de la fe ciega en la ciencia, la misma ciencia, que mal aliada con los nacionalismos y el racismo, abocaría a Europa al desastre. Esta adoración de la ciencia se materializó en las célebres exposiciones universales, con la Torre Eiffel, construida con razón de la Exposición Universal de París de 1889, como gran icono de los logros alcanzados por el siglo.
La celebérrima Torre Eiffel de París (1889), obra de Gustave Eiffel

Un periodista de la época, con razón de la Exposición Universal de Frankfurt de 1891, que estuvo dedicada a la electricidad, llegó a decir, eufórico: "El hombre es tan fuerte que puede convertir la noche en día".
Sin duda el mejor símbolo de la alegría de vivir que se dejaba sentir, y ejemplo culmen de la ciencia al servicio de la buena vida, fue un invento que causó furor: la bicicleta, que triunfó especialmente entre los jóvenes, para los que los años felices fueron los años de la bicicleta.
Cartel publicitario de la bicicleta de 1896, de Toulouse-Lautrec, en el que vemos a jóvenes disfrutando de su uso.
Pero todo este frenesí de satisfacción, felicidad y bienestar económico, dejaba entrever un lado oscuro que acabaría imponiéndose en el siglo XX. Sobre toda esa embriaguez comenzaba a pender un halo de pesimismo. Los liberales, que dominaban la escena política de la joven democracia europea, entraban en un claro declive, pues contemplaban con espanto como las clases obreras conseguían a grandes pasos hacerse un hueco en los hemiciclos, gracias al sufragio. Esto les hacía temer que perderían el poder y que la sociedad se dirigiría a la barbarie, con el fin de toda cultura. Pero esta apocalipsis vaticinada por los liberales nunca llegó, al contrario, la generalización de la educación de la mano de estos nuevos diputados populares aceleró el avance de la sociedad. La barbarie habría de llegar con cuestiones bien diferentes: el nacionalismo racista y el antisemitismo, que triunfaron entre la población al dar un cabeza de turco al que culpar de todos los males del país (estos son, los enemigos históricos y los judíos). Con esto germinó el sentimiento de querer formar parte de una gran nación, que se tradujo en el imperialismo colonial, que acabaría desembocando en la Primera Guerra Mundial.  Junto a esto, el antisemitismo que caló ya no era de índole religiosa, sino racial (cualquier excusa es buena), racismo que se vio empujado por el control por parte de los judíos de grandes bancos, sociedades anónimas y enormes almacenes, en el marco del gran impulso del capitalismo que se vivió durante el último tercio del siglo, algo que provocaba repulsión entre aquellos sectores conservadores que aún albergaban la esperanza de recuperar el pasado; este antisemitismo, por otro lado, empapó a los católicos, dando un argumento inestimable a los párrocos para pedir el fin del nuevo orden que se había establecido.
De esta manera, los primeros años del siglo XX dejaron preparado el campo de cultivo para la Gran Guerra. Malos presagios para una época en apariencia tan maravillosa, y sin duda un fin poco acorde con el espíritu que había imperado.
Grabado del pogromo contra los judíos que tuvo lugar en 1886 en Kiev (Ucrania), en el que vemos la violenta expulsión de un judío por parte de la población.


Célebre caricatura publicada en el periódico Le Petit Journal el 16 de enero de 1898, titulada En Chine. Le gâteau des Rois et... des Empereurs, que muestra a las grandes potencias europeas y Japón repartiéndose China, simbolizada con ironía en un gran pastel.




EL MUNDO A OJOS DE SOROLLA

Joaquín Sorolla es uno de los pintores más emblemáticos de nuestra tierra, y posiblemente uno de los mejores artistas en lograr un efecto lumínico implacable.

Sorolla nació en Valencia un 27 de Febrero de 1863. Cuando tan solo contaba con dos años de edad, él y su hermana más pequeña quedaron huérfanos y su tutela pasó a sus tíos maternos. Su carrera profesional, por decirlo de algún modo comenzó cuando cumplió los quince años, que fue cuando logró entrar en las clases nocturnas de dibujo que impartía el escultor Cayetano Capuz en la Escuela de Artesanos. Al ver lo bien que se iba desenvolviendo, Cayetano Capuz insistió a sus tios para que apuntaran a Sorolla en la Escuela de Bellas Artes, donde ingresaría en el año 1878.
Joaquin Sorolla resultó ser un pintor muy polifacético, cuyos cuadros trataban varias temáticas, siendo capaz de representar desde la más absoluta pobreza a personas de alto rango pasando por temáticas de estilo modernista o de índole histórica. Como ya he mencionado anteriormente, lo que posiblemente más caracterice la obra de este pintor sea la forma en la que capta la luminosidad a través del color blanco.
Para poder explicar su obra de una manera general, separaremos los cuadros más importantes en tres secciones: cuadros históricos, cuadros modernistas y cuadros sociales. Además también veremos la predilección que tiene Sorolla de pintar figuras humanas en un ambiente paisajístico, generalmente la playa y también cabría destacar dos desnudos de mujer.
En cuanto a la pintura histórica, sorolla pintó tres cuadros:

  • 2 de Mayo de 1808.
  • El grito de Pelleter.
  • El padre Jofré protegiendo a un loco.
2 DE MAYO DE 1808
Sorolla pintó este cuadro para participar en la Exposición Nacional que tuvo lugar en el año 1884. Este fabuloso cuadro, tiene un gran defecto  y un gran  acierto, el gran defecto es que en este cuadro los personajes adoptan una actitud teatral bastante exagerada, pero en contraposición, Sorolla acierta al máximo a la hora de distribuir a las masas humanas. Para la realización de este cuadro, sorolla tomó como referente un cuadro de Francisco Domingo, de título El último día de Sagunto.
El movimiento modernista se ve relejado en los siguientes cuadros de Sorolla:
  • Mesalina en manos del Gladiador.
  • Contadina de Asís.
  • Cosiendo la Vela.
  • Mis chicos.
  • Amalia Romea, señora de Laiglesia.
COSIENDO LA VELA
Sorolla pintó este cuadro en el año 1896, donde el modernismo se manifiesta en el orden geométrico de las flores y en la perspectiva que utiliza. Vemos como la temática es completamente costumbrista, es una acción cotidiana totalmente, en la cual aparecen un grupo de pescadores con sus mujeres reparando una vela. Como es habitual en Sorolla, el principal protagonista de este cuadro es el color blanco y la luminosidad que este aporta.



Sorolla también representó a la más baja sociedad del momento en cuatro cuadros verdaderamente representativos:
  • ¡Otra Margarita!.
  • Aun dicen que el pescado es caro.
  • Trata de Blancas. 
  • Triste herencia.
¡OTRA MARGARITA!
En este cuadro, Sorolla nos muestra a una muchacha de temprana edad que ha sido detenida por la Guardia Civil, y que es transportada en un vagón de tercera clase. 

TRATA DE BLANCAS
En este cuadro, de nuevo aparece la escena ambientada en un vagón de tercera clase. Esta vez, Sorolla nos muestra a un grupo de jóvenes que se dedicaban a la prostitución, descansando unas en otras y acompañadas por su patrona.

Pero realmente, el terreno donde Sorolla se desenvuelve mejor es en las pinturas paisajísticas acompañadas por figuras humanas. Como ya he dicho anteriormente, estas escenas suelen estar situadas en la playa. En esos cuadros, Sorolla consigue un efecto espectacular de la luminosidad, captando casi perfectamente la luz del levante peninsular. De estas pinturas destacan:
  • Verano.
  • El baño del caballo.
  • Paseo a la orilla del mar.
  • Niños jugando en la playa.
PASEO A LA ORILLA DEL MAR
En este cuadro, Sorolla representa a dos mujeres, su mujer Clotilde y su hija mayor María. ambas aparecen vestidas de impoluto y característico blanco, ataviadas con gasas, signo de alta alcurnia en la época. Se puede apreciar como la brisa marina arrastra las gasas del sombrero de Clotilde y mueve el vestido de María. Es en este cuadro donde definitivamente surge la importancia de la luz y el color, mezclándose perfectamente el azul del agua, el ocre de la tierra y el blanco de los vestidos, fusionándose y creando a la vez la iluminación típica de la costa valenciana. Es muy posible que este sea el cuadro más emblemático de Sorolla, siendo el primero que se nos viene a la cabeza cuando se habla de este pintor.
Además, Sorolla pintó dos desnudos, uno de ellos es el de Mesalina en manos del gladiador y el otro es un desnudo de mujer, además de hacer varios retratos, la mayor parte de ellos de su propia familia.
Joaquín Sorolla, ha quedado a los ojos de la historia  como un gran pintor español que supo captar como nadie la luz y la importancia del color blanco.

sábado, 4 de enero de 2014

De libros, escritores y travelos literarios



 
Bayswater Omnibus (1895), de George William Joy, obra en la que vemos a un hombre leyendo el periódico en el transporte público, costumbre que llega hasta nuestros días y que refleja el auge que estaba experimentando la lectura.
Un fenómeno importantísimo del siglo XIX y que hoy a menudo pasamos por alto, es el del considerable aumento de la lectura, que contribuyó, junto a la difusión de la prensa, al salto de la misma desde las élites a las clases medias, para las que se convirtió en afición, ávidos de hallar en los libros algo más que catequesis, un deseo que ya albergaban los lectores del siglo XVIII. Este proceso se consolidó en el siglo XIX gracias a nuevos vehículos literarios, como diccionarios y obras enciclopédicas ahora más divulgativas (a diferencia de las que se habían producido durante el XVIII), o la aparición de nuevas editoriales, como Hachette en Francia, que en busca de beneficios económicos, trataban al libro como un producto barato destinado a una amplia parte de la sociedad, y así trataron que fuera, haciendo, por ejemplo, que no hubiera que pagar derechos por las obras de autores clásicos, favoreciendo la recuperación de su lectura. Estas nuevas editoriales supieron también atender las nuevas necesidades de la época, abandonando los libros de lujo encuadernados y de gran formato hasta el punto de resultar incómodos. Los periódicos se unieron a estos intentos por hacer atractiva la lectura (bueno, por hacer atractiva su lectura, pero fomentando también así la lectura al fin y al cabo), empezando a incluir novelas por entregas, que se intentaban hacer más o menos ajustadas a las expectativas del lector, y que tan típicas se harían en la época, tanto románticas como realistas, que consiguieron cautivar a los lectores de la clase media, que esperaban con ansia el siguiente número. Las compensaciones económicas eran grandes, y muchos autores decidieron unirse también, como Zola o Eugène Sue, un famoso dandy que alcanzó gran popularidad.
Portada de la edición por entregas de Oliver Twist (Bradbury & Evans) de 1846, del célebre novelista decimonónico Charles Dickens



Retrato de Eugène Sue de Charles Emile Callande de Champmartin, fecha desconocida
En este movimiento tan frenético de la literatura, las mujeres no quisieron quedarse fuera del carro, y así encontramos a numerosas mujeres de la alta sociedad que recibían en sus salones a escritores (de éxito o no), a bohemios, y también a artistas, etc, en definitiva, lo más rebelde que se moviera por las calles. Pero muchas de ellas no pudieron conformarse simplemente con codearse con hombres de éxito dedicados a las artes, sino que sintieron la necesidad de dedicarse a ello personalmente, llegando algunas de ellas a lograr mantenerse por sí mismas gracias a lo que recaudaban con sus obras, en medio de un enorme escándalo social, como Jane Austen o George Sand, nacida Aurore Dupin, (1804-1876), que se estableció cómodamente en París desafiando todas las convenciones sociales, gracias a la fama y fortuna que le reportaban sus novelas, y que se tomó tan en serio su doble identidad que incluso se vestía a la moda masculina, aumentando así aún más el escándalo. Si bien es cierto que, como George Sand, la inmensa mayoría de estas decididas y talentosas mujeres optó por ocultar su condición femenina tras pseudónimos masculinos. También en Francia nos encontramos con Marie D'Agoult (1805-1876), mejor conocida por Daniel Stern, una mujer con una vida movidita, amante del virtuoso pianista Franz Listz, que le dio tres hijos, y a la cual dedicaron obras Berlioz, el más célebre compositor de óperas de la Francia del XIX, y Chopin, siendo retratada también por numerosos pintores (¡tenía una vida social activa la chica!).
Caricatura de George Sand de 1848 en la que aparece ataviada como un hombre, y en cuya leyenda inferior se dice al lector que esta extravagancia es señal de su genio.

Marie d'Agoult (1843), alias Daniel Stern, retrato de Henri Lehmann.

En Suecia, publicaba Ernst Alhgren, en realidad Victoria Benedicktsson (1850-1888), una autora realista y feminista con una vida sumamente desgraciada que la acabó empujando al suicidio, cuya corta vida fue no obstante suficiente para introducir en su país, a través de sus obras, el regionalismo.
En Gran Bretaña, hacían de las suyas las hermanas Brönte, Anne, Charlotte y Emily, novelistas y poetisas victorianas, que editaron juntas sus obras trágicas bajo la apariencia de los hermanos Bell, legándonos obras clásicas de la literatura como Jane Eyre (obra de Charlotte) y Cumbres Borrascosas (de Emily).
Las hermanas Brönte, Anne, Emily y Charlotte, retratadas por su hermano Branwell (1834)

Hasta en España tenemos nuestro propio travelo literario por voluntad propia, Fernán Caballero, en realidad Cecilia Böhl de Faber (1796-1879), hispanoalemana tres veces viuda, que publicaba lo mismo en español que en alemán, y que acogió a artistas y escritores en sus salones de Sevilla y de Australia. ¡Casi nada!