sábado, 14 de diciembre de 2013

Irse de vacaciones en el siglo XIX


Como las tan ansiadas vacaciones de Navidad están cada vez más cerca, parece adecuado dedicar unas líneas a tratar el cómo y el dónde del desarrollo vacacional -aunque estival- de las clases más pudientes y acomodadas del siglo XIX. Pero que aquí nadie me acuse de elitismo: si me centro en las vacaciones de la nobleza o de la realeza no será por halago a estos grupos; sino por el simple hecho de que entonces eran ellos los únicos que podían permitirse irse a pasar días, semanas e incluso meses enteros en mansiones o poblaciones enteras dedicadas al recreo y solaz de la flor y la nata de la Europa decimonónica. A los más humildes generalmente sólo les restaban los escasos días al año que, ya fuese por fiestas religiosas o de otra índole, les permitían alejarse de la agotadora rutina que les imponían el campo, las minas o las factorías.


La terraza de Sainte-Adresse, de Claude Monet, 1867

Hay que decir ante todo que para estos vacacionistas su conciencia del descanso se limitaba a cambiar de aires, es decir, a dejar de ver a unas personas para ver a otras, siempre claro está de su misma clase y alcurnia. Es por eso que muchas familias de la alta sociedad elegían un lugar fijo para ir anualmente de vacaciones, y allí formaban los mismo tipos de círculos sociales y de veladas, paseos o visitas de cortesía que en su lugar de residencia habitual. Asimismo, es preciso señalar que su descanso estival no era nada fuera de lo normal: sólo era una de las etapas "normales" y "lógicas" dentro de su particular orden anual. Todo esto queda perfectamente ejemplificado en la serie británica Downton Abbey (que trata de las vidas de los habitantes de la casa solariega de los ficticios Condes de Grantham, tanto de la familia noble como del servicio que trabaja para ellos), donde la anciana Condesa Viuda pregunta extrañada acerca del significado de la expresión "fin de semana", pues para ella y los que son de su misma clase, todos los días son los sábados y domingos de la gente más humilde.


En este siglo, la playa había entrado en escena como un lugar recomendado para el descanso, y las aguas del mar, como remedio contra dolores y enfermedades, por lo que ir a la costa empezó a competir seriamente con los tradicionales balnearios termales del interior en los campos de la salud y del turismo vacacional; pero también la costa estaba entrando en plena fiebre constructiva, fabril y comercial, pues en plena Revolución Industrial, con los transportes sufriendo una radical metamorfosis, el desplazamiento y el comercio navales impulsaron la edificación de puertos, astilleros y de ciudades enteras volcadas al trabajo en ellos. 

 Instantánea, Biarritz, de Joaquín Sorolla, 1902

Sin duda Inglaterra es el gran ejemplo de esta conjunción turística e industrial en sus costas, con una alta sociedad enriquecida en la propiedad de fábricas pero que se iba a la playa para "desconectar"; y lo mismo con la monarquía, que entonces estaba extendiendo sus dominios y riquezas por Asia, especialmente en la India, de la cual recibirían la dignidad imperial en 1857. Teniendo en cuenta estos factores creo que puede hacerse más comprensible, aunque no por ello menos curioso, que en las costas meridionales de Sussex, en la localidad de Brighton, el arquitecto John Nash (1725-1835) construyese para el rey Jorge IV de Inglaterra un Pabellón Real sobre las bases de una antigua mansión de recreo en 1815, pero con el aspecto pleno de un palacio oriental, donde se combinasen armónicamente elementos arquitectónicos hindúes, chinos e islámicos y de tipo vegetal exótico.




Este monumental palacio aparece así como un perenne recuerdo de la gloria trasatlántica del poder británico, que a principios del siglo XIX estaba consolidando las bases de su Imperio; pero también hace pensar en un recurso escapista que aleje al rey y a su familia de la rigidez europea de sus otros palacios, como Windsor o Saint James, haciendo que se sumerjan en un mundo misterioso y lejano, donde los sentidos primen sobre la razón. Finalmente, hay que inscribir este edificio dentro de la novedosa corriente del hierro y el cristal como material de construcción, con los cuales se podían cerrar y cubrir vastos espacios de forma rápida, logrando soluciones elegantes y airosas como ésta.


Dejando atrás las playas del Canal de la Mancha, tanto las inglesas como las de Francia, había en esta última una ciudad que junto con Cannes era miel para los oídos de cualquier aristócrata deseoso del sol y las tranquilas playas del Mediterráneo: Niza. Ésta fue la gran ciudad turística de los ricos desde mediados del siglo XIX hasta bien entrada la siguiente centuria, cuando las playas se "democratizaron", principalmente gracias a la política de las vacaciones pagadas que se inició en Francia en 1936 con los Acuerdos de Matignon, firmados entre el gobierno del Frente Popular francés y los principales sindicatos galos:


Arriba, cartel propagandístico francés sobre las políticas sociales del gobierno del Frente Popular
Abajo, imagen satírica que  muestra la indignación de la alta sociedad ante la "irrupción" de las clases medias en las playas: "no pensarás que me voy a meter en las mismas aguas que esos bolcheviques"


Así, en Niza se erigieron multitud de hoteles, palacios, villas y establecimientos de ocio destinados a satisfacer las expectativas de lujo exclusividad y esparcimiento de las élites del Viejo Continente durante la Belle Époque; como lo refleja el imponente hotel Excelsior Regina Palace, construido en el último cuarto del siglo XIX bajo la dirección del arquitecto Marcel Sébastien Biasini. Se trata de un edificio de grandes proporciones y que en su momento fue dotado de los últimos elementos e innovaciones en confort y comodidad para sus huéspedes; no en vano, la Reina Victoria de Reino Unido se había hospedado en él hasta en tres ocasiones, y fue su anunciada visita a Niza la que había motivado levantar este edificio decorado con cornisas, molduras y elementos de raigambre oriental; mientras el interior contaba con modernos ascensores, calefacción central y conducción de agua corriente en todas las habitaciones a lo largo de los siete pisos -contando la planta principal y el ático- del hotel. 


sábado, 7 de diciembre de 2013

La música en el siglo XIX.


El arte, como reflejo más puro de las pasiones del ser humano, se puede transformar en muchas cosas. En una pintura, un edificio, una escultura, un poema, un libro o una melodía. El siglo XIX, el siglo de las grandes revoluciones, marcado en gran parte por el movimiento Romántico, deja aflorar todas estas pasiones y sentimientos de una manera significativa. Durante esta etapa, la música se puede dividir en tres géneros: la Gran Música dirigida a público burgués y culto, el Canto Coral como instrumento moralizador de las clases medias, y la Zarzuela, expresión absoluta de las clases populares urbanas.


La Gran Música y los valores burgueses
 
La música participa del contexto histórico en el que se enmarca, siendo en este caso el movimiento Romántico, exaltador de las pasiones más fervientes del ser humano, reivindicando su propio ser. Además, es en este momento cuando se consolidan las tendencias socialistas utópicas, revolucionarias, y  anticlericales que están al servicio del propio arte, siendo al mismo tiempo, revolución y tradición. La idea principal de la Gran Música, es la libertad, que rechaza constantemente los valores del Antiguo Régimen y representa a la clase burguesa. Así, la música tendría que expresar las intensas emociones por medio del instrumental, de larga duración que exaltaban el individualismo del solista “Héroe-Solista” que pretendía romper con el sistema de valores tradicional, frente a la orquesta, símbolo de la masa.
En las ciudades europeas más importantes se crean Conservatorios e institucionaliza la musicología. Se producen además, grandes adelantos tecnológicos a la hora de realizar los instrumentos, que permitió una mejor sonoridad de los mismos. Las "obras de carácter", que representan sentimientos como el amor, la furia, la y el gusto por el exotismo. Como ejemplos, destacan los Réquiems, Oratorios y las grandes obras orquestales como las Danzas Macabras. Autores como Wagner, cuyo mensaje es la superación y el progreso del individuo cuyos ideales se basan en la libertad y en la justicia. Las representaciones de las grandes obras de arte arquitectónico, nos las presentan con autores como Franz Liszt, con Années de Pélerinage, o Schumann con  Dichterliebe, sobre textos de Heinrich Heine.

El Canto Coral, moralizador social.

En el desarrollo de una ciudad que está muy industrializada, surgen conflictos sociales continuamente. Aquí, el Canto Coral jugo un papel importante difundiendo las ideas utópicas de la sociedad, como podía ser en Cataluña, la Renaixença, crenado una nueva conciencia nacional catalana. El Canto Coral se ajusta a un concepto denominado "seny": el justo medio, que cumplió su labor, atraer al colectivo trabajador hacia sus ideas. Aquí, hay un personaje fundamental, Josep Anselm Clavé, líder de este movimiento que contaba con el apoyo del colectivo intelectual catalán, también participio en la creación sociedades corales en Cataluña, dando lugar a una verdadera eclosión de estas sociedades en toda España, cuyo objetivo residía en atraer al sector trabajador, y moralizarles con el respeto a las leyes y al progreso del arte. Clavé editó, asimismo, El Libro del Obrero y publicaciones periódicas como El Metrónomo, publicado desde 1863 hasta mediados de 1864.




La Zarzuela.
La Zarzuela siempre ha ido  dirigida básicamente a las clases populares madrileñas. Siempre ha sido la perfecta combinación de diversión y critica de ideologías políticas, siendo reflejo del pensamiento de las clases más sencillas. La mayoría de las zarzuelas, expresan las costumbres de la época, ambientadas en el contexto urbano, casi siempre en el Madrid de la época. El apogeo de la zarzuela se produce en las postrimerías del siglo XIX, coincidente con una conciencia obrera que derivo en el escepticismo y la inseguridad. Marcado este momento, por la república, las guerras carlistas y el turnismo de partidos, con el caciquismo, hizo que la zarzuela fuera reflejo de esta situación política cambiante, representando el “costumbrismo”.
En Madrid, había once teatros destinados a cultivar este género, y autores como Tomas Breton y Francisco Asenjo Barbieri, miembros de la Real Academia de Bellas Artes y profesores del Conservatorio de Madrid. En estas obras, se denuncia la situación política de una manera divertida y se pueden entreleer itinerarios de la calles de Madrid, o ver, incluso las maneras de vestir de los ciudadanos, como En el Barberillo de Lavapiés, de Barbieri y La verbena de la Paloma, de Bretón.

 

Federico Chueca y Joaquín Valverde enfocan la Zarzuela de una manera algo distinta, incidiendo en la reforma urbana, de Madrid, que no fue aprobado hasta 1888, en obras como La Gran Vía. Aquí se denuncia el lamentable estado del centro de la ciudad, la actitud de los políticos y lo deficientes que eran los “policías” de la época.
El éxito de la zarzuela reside en la conexión que hay entre la obra artística y el espectador, al representar temas sociales que preocupaban a la sociedad del tiempo. El atractivo residía en representar esto de manera jocosa.

Con esto, hemos echo un repaso general por la musica del siglo XIX, y de que manera representaba la sociedad del siglo.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Las mujeres del XIX a través de sus vestidos

Hoy voy a dar pleno protagonismo al género femenino, especialmente a un aspecto al que la gran mayoría de las mujeres damos mucha importancia: LA MODA. El modo de vestir ha sido un medio, a lo largo de toda la historia, para medir el escalafón social al que pertenece una persona. También ha sido un reflejo de la situación del momento: el país que llevase las riendas de Europa muchas veces era el que marcaba la moda, o el principal lugar de foco artístico también lo era en la vestimenta.  Además, a partir de la ropa podemos conocer la personalidad de una mujer: sí es de las que quieren que se las mire cuando pasan, o al contrario, prefiere pasar inadvertida.

Voy a hacer un recorrido por los distintos trajes que fueron tendencia en el siglo XIX.  Para los ejemplos voy a emplear los modelos que se realizaron en papel  “kraft” para la exposición que se llevó a cabo en el Centro Cultural Casa de Vacas del Parque del Buen Retiro de Madrid entre septiembre y octubre del 2004, El papel de la Moda: en ella se expusieron modelos de ropa desde el siglo VI, con ejemplos de la moda bizantina de la Emperatriz Teodora, hasta el traje de chaqueta de los años 60.

Desde 1800  hasta la Guerra de la Independencia, Francia era la que llevaba las riendas de la moda. En concreto en España, las mujeres, con la aristocracia al frente, sentían una gran atracción por lo francés, si bien es cierto, que se harían una serie de adaptaciones a las tradiciones españolas: al estilo Imperio francés, colores pasteles, tules y gasas, se le incorporaron sobre los rasos y encajes, volantes, pasamanerías, madroños, bordados y la mantilla en todas sus variantes. Se trata de un estilo que armoniza entre lo aristócrata y lo castizo, una línea en la que se inspirarán casi todos los modistas del siglo XX.











Cuando Jacques-Louis David pintó la coronación de Napoleón, Josefina propició la aparición del traje de corte francés, aunque totalmente renovado, vestido recto de amplio escote y talle alto, esto dará origen al término “talle imperio”.  La cantidad de capas se reduce a límites pocas veces visto: un ligero camisón que se complementaba con el imprescindible echarpe, prenda que apoya sobre los hombros y que se deja caer por delante. Con estos vestidos se busca resaltar una silueta vertical con un marcado efecto clásico, pero a la vez buscando cierto orientalismo y exotismo.






A partir de 1814 las mujeres comenzaron a mirar hacia los ideales “románticos”, guiadas por las inglesas y francesas que buscaron la recuperación idealizada de lo “isabelino”. Es una época caracterizada por la sencillez de líneas de los vestidos, que, aunque el "talle imperio” y los colores blancos siguieron predominando, se fue enriqueciendo progresivamente con cintas, encajes y abullonados. Los complementos adquirieron un gran protagonismo: sombreros, sombrillas, chales y zapato plano. Esta es la época del dandismo que terminó en la extravagancia más absoluta.







Desde 1827 se comienza a experimentar un cambio en la silueta femenina: se abandona el talle alto por una cintura más “natural”, marcada por unos corsés que buscaban conseguir la envidiada “cintura de avispa”. El efecto de estrechez en la cintura se aumentaba con faldas voluminosas y ensanchando las mangas, que llegaron a niveles tan artificioso que se las llamó “pata de cordero”. Por la noche el traje se escotaba de manera exagerada, cubriéndose con capas. El conjunto se completaba con abanicos y con “limosneros”, pequeños bolsitos.






El periodo entre 1850 y 1870 es la época de los valses y las crinolinas, estructura ligera de aros de metal que servía para mantener las faldas abiertas. Por primera vez un modisto, C.F. Worth, impuso las “normas del gusto” a las clientas y no al contrario, creando la Alta Costura Moderna y dando lugar a los primeros desfiles de moda que Worth realizaba en su legendaria Maison de la Rue de la Paix, junto a la Ópera de París, donde  exponía sus carísimas imposiciones.









De 1870 a 1890 la mujer tuvo que volver a aprender a caminar, pues se pasó de la amplitud de las crinolinas a recoger todo el vuelo hacia atrás, en una cascada de vuelos drapeados, cargados de pasamanería, borlas y lazos. Este estilo llegó al extremo de emplear diversos tejidos para un solo traje, lo que llevó a llamarlo “estilo tapicero”, por corresponderse con la moda decorativa que utilizaba con profusión los tejidos para adornar los interiores. Realmente, era una manifestación inconsciente del esplendor textil que siguió a la Revolución Industrial.






En el fin de siglo la moda la marcará la reina Alejandra de Inglaterra, esposa de Eduardo VII. Es una época de glamour, donde destacarán las gargantillas de perlas, los larguísimos collares y  los trajes blancos. Se buscará la silueta en “S”, mundialmente famosa gracias a su imitación por la botella de Coca-Cola. Serán los últimos años de las colas arrastradas, de los rigurosos corsés y de los inmensos sombreros. Es el final de un modo de vida y de una manera de vestir que la Gran Guerra se llevó para siempre.






Van los españoles detrás de los curas o con una vela o con una estaca…



Auto de fe de la Inquisición, Francisco de Goya, 1812-19, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Creo que no hay frase que resuma mejor el sentimiento religioso y social de la España del siglo XIX -y de principios del XX- respecto a la Iglesia Católica que ésta. La idea de abordar este tema me ha venido mientras hojeaba un libro de Historia de España, donde he descubierto varias imágenes que muestran dos visiones muy diferentes del catolicismo y sus representantes en España durante la segunda mitad del XIX: una era solemne y monumental, una pintura llena de fuerza y vigor de la fe católica; mientras la otra es una sátira respecto a la enojosa afición de los jerarcas y ministros de la Iglesia a inmiscuirse en los asuntos políticos y los avatares históricos españoles.

Ambas son totalmente diferentes, pero a la vez muy ilustradoras acerca de un aspecto capital en la historia y sociedad de una España que era considerada baluarte del catolicismo en Europa, pero donde un día -esto por supuesto es una exageración- podía haber procesión y Te Deum y al siguiente matanza de religiosos o quema de conventos.

Antes de nada, hay que esbozar la personalidad de la Iglesia en la España decimonónica, que puede abordarse como una institución perseguidora del liberalismo a machamartillo, que ha sufrido los embates de los intentos constitucionales y liberales operados desde las Cortes de Cádiz y que ha visto su poderío económico considerablemente mermado debido a las desamortizaciones de Godoy, José I, Mendizábal o Madoz.

Sin embargo, seguía contando con monopolio de la enseñanza en España, con el favor de los poderosos -especialmente en la corte- y con los presupuestos de Culto y Clero establecidos por la Constitución. Pero hay que constatar que también entre el clero había diferencias políticas, ya que mientras el alto clero (entiéndase Cardenales, Arzobispos, Obispos o Abades) era favorable a las decisiones de la Monarquía de los Borbones; la masa de curas, monjes y frailes se decantaba por avivar los rescoldos del Antiguo Régimen representado por ideologías ultramontanas como el carlismo; todo lo cual muestra que la imagen que ofrecía la Iglesia distaba de ser homogénea.

Frente a todo esto, la población de nuestro país también se hallaba dividida, a veces en su fuero interno e individual: la monarquía, la nobleza y la alta burguesía eran claros defensores del inmovilismo social y moral, acogiendo en sus camarillas a altos eclesiásticos y sentándose con algunos de ellos en las sesiones del Senado. Pero entre el pueblo llano se reforzaba un sentimiento de inquina hacia el lujo y conservadurismo eclesial, en el que veían la causa de los atrasos que acarreaba España y de su miseria y miseria; un sentimiento legítimo pero que también era excesivamente alimentado por las sátiras y propagandas de los grupos más exaltados del liberalismo y de lo que empezaba a conocerse como movimientos sociales, que calaban con particular profundidad en las regiones industrializadas de España, como era el caso de Cataluña, una zona que, al igual que la cornisa pirenaica y el levante, sufrió las consecuencias de las Guerras Carlistas, donde buena parte del clero se posicionó contra el aperturismo liberal promocionado por los Borbones y a favor del restablecimiento del Antiguo Régimen que preconizaron los pretendientes carlistas, desde Carlos V hasta Carlos VII.





Precisamente se hace referencia a este último en la imagen satírica que apareció en la revista La Flaca en 1869, donde aparece una oficina del Ministerio de Gracia y Justicia, que aquí aparece como "de Gracia sin Justicia"  puesto que el Ministro -entonces Manuel Ruiz Zorrilla- otorga a manos llenas dinero proveniente de los Presupuestos para el Culto y el Clero a los prelados que con total descaro lo transfieren a manos de los soldados insurrectos que defienden la causa de Carlos VII; una imagen cínicamente presidida por el rótulo sacado del refranero popular: "cría cuervos y te sacarán los ojos", clara referencia a lo incoherente de la actuación del gobierno de dar dinero a quienes lo van a usar para derrocarlo.

Pero si, como antes hemos dicho, Cataluña era un foco activo de anticlericalismo (como luego se vería en 1909 durante la Semana Trágica de Barcelona), no lo era menos Andalucía, tierra de grandes latifundios y lugar de residencia de una enorme masa de un campesinado mísero, analfabeto y oprimido, entre cuyas filas cundió rápidamente la consigna de oposición a las clases pudientes, entre ellas el estrato clerical. Pero aquí se desencadena la paradoja, pues no nos es ajeno que Andalucía, tanto entonces como ahora, es un pozo de devoción y fervor religioso católico, donde la población se vuelca en procesiones y actos religiosos que alcanzan altas cotas de piedad y religiosidad que algunos han llegado a tachar de idolatría. Pero consideraciones aparte, es ésta la otra cara de la moneda del catolicismo español: por mucha oposición que encuentre, sigue contando con la fe de los humildes, deseosos de ver cambiada su suerte pero también anclados en el inmemorial respeto por la doctrina católica y la deferencia hacia la Iglesia, cimiento de sus vidas y articuladora de su concepción de la existencia misma.



Esto es lo que ilustra esta monumental pintura de 1857 realizada por Manuel Cabral, La Procesión del Corpus en Sevilla; donde aparece el inmenso y concurrido cortejo que escolta a la enorme Custodia que sale de la Catedral a procesionar por las calles de la capital hispalense, engalanada para lo ocasión con toldos, telas y tapices, igual que lo estarían otras ciudades como Toledo. Asimismo, se muestran en este cuadro todos los sectores de la población venerando la Sagrada Forma a su paso por las calles: clero, nobleza, patriciado urbano, ejército, y clases humildes se arrodillan empujados por un sentimiento común de piedad.

Dicho todo esto, solamente añadir que esta espada social de doble filo, lejos de desaparecer a lo largo del siglo XIX, se agudizará durante el XX con encontronazos, acercamientos y rechazos hacia la Iglesia durante la II República, la Guerra Civil y a lo largo del franquismo. Y es que incluso aún no están claras las ideas respecto al catolicismo en este país; pero sí que hay que convenir en que la Iglesia, para bien o para mal, ha jugado un papel de gran e incuestionable trascendencia en el devenir de la sociedad española contemporánea.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El enroque de la nobleza con la burguesía



A nadie pasa desapercibido que la nobleza, a pesar de haberse dado un buen susto durante las Revoluciones liberales  y los movimientos sociales que recorrieron Europa en el siglo XIX, contemplaron el desarrollo de los mismos con indiferencia o interés por sacar tajada de la situación, pues en nada vio mermado su poder, su riqueza o su influencia; sino todo lo contrario.

Era la nobleza un grupo social que durante siglos había marcado el ritmo político a su antojo, quitando y poniendo reyes, deponiendo o entronizando papas, enlazándose en matrimonio o exterminándose en rencillas cortesanas y campos de batalla… Fuese en el país que fuese, había un cerrado círculo de familias (en la España de 1797 se contaban 1323) que ya fuesen respetadas como duques de tal o marqueses de cual, compartían todas una serie de atributos y características comunes, como son el lujo, la ostentación  y la indolencia ante el pasar del tiempo, seguras de la pervivencia de su particular y "sencillo" mundo, y que eran unas de las grandes potencias económicas gracias a las rentas que percibían de sus inmensas posesiones patrimoniales, cuyo cuidado, conservación y engrandecimiento eran su única "profesión".

Pero después de 1789 las cosas cambiaron. La caída de los Borbones en Francía, una de las monarquías mejor asentadas de Europa, hizo cundir el pánico entre las élites del continente, que si bien no fueron desposeídas en su mayoría de sus propiedades y bienes, sí que les hizo concienciarse de que su período de hegemonía había pasado, pues ahora debían compartir el pedestal a un nuevo grupo, artífice de la Revolución y gran beneficiario de la misma: la burguesía, que antes de concurrir a los salones, al teatro o a la ópera había trabajado con su mente en las llamadas profesiones liberales y en los negocios y empresas industriales que afloraban por toda Europa; ello después de haberse ganado el pan mediante la habilidad de sus manos y de su pericia artesana. En efecto, la aristocracia vio en el liberalismo una atípica que no haría sino favorecerles a la larga, y se dieron cuenta rápidamente de que esta burguesía no buscaba sino los mismos bienes y placeres de que ellos venían disfrutando desde tiempos inmemoriales: iban a poder modelar a la nobleza a su imagen y semejanza. Y vaya si lo consiguieron, pues la nobleza de la sangre creó la nobleza del dinero, que muchas veces pagó el train de vie de aquellos a quienes tildaba de holgazanes e improductivos.

De esta forma, se dieron innumerables casos de nuevos linajes nobiliarios que se encumbraron por su fortuna, que les permitió comprar nuevos títulos creados para la ocasión por monarcas necesitados de liquidez y adquirir sus propios latifundios, fundando dinastías que aún hoy se mantienen, ya con la enjundia de la nobleza tradicional que da el paso del tiempo. Pero a veces sus flamantes títulos -generalmente de marqueses o condes, pero pocas veces duques- eran recompensas por los buenos servicios prestados al Estado o a la Monarquía; si bien a veces puede hablarse de la conjunción de ambos factores.

Tal es el caso de doña Amalia de Llano y Dotres (1821-1874), Condesa de Vilches, retratada por Federico Madrazo y Kuntz en 1853 en un lienzo conservado en el Museo del Prado de Madrid, donde la dama aparece sentada en un sillón, con una pose relajada y no desprovista de coquetería, mientras exhibe todo el lujo que corresponde a su condición. Doña Amalia procedía de una rica familia burguesa, y que por tanto pagó una cuantiosa dote por "bien casar" a su hija con un prometedor político español, el coruñés Gonzalo José de Vilches (1808-1879), que en el momento en que contrajeron matrimonio -1839- ya había ocupado una secretaría en la Embajada de España ante la Santa Sede y que se disponía a presentarse como diputado a Cortes. Posteriormente don Gonzalo no dejaría de medrar en política y de labrarse su carrera, que fue laureada con una corona de Vizconde de la Cervanta y una de Conde de Vilches, de manos de Isabel II en 1846. 



Y así es como encontramos a una mujer que, de no ser por su identificación y biografía, podría pasar -al contemplar su retrato- por miembro de lo más granado y noble de la aristocracia española de su tiempo; tal es el milagro obrado por la verdadera nobleza de sangre. Precisamente, creo que sería interesante comparar el retrato de La Condesa de Vilches con otro, de otra dama española, realizado por el alemán Francisco Javier de Winterhalter. Que el lector, antes de ver de quién se trata, se cuide de cotejar ambos personajes y decidir para sí la superioridad social de una sobre otra:



Pues bien, se trata de un retrato de doña Eugenia Palafox Portocarrero de Guzmán y KirkPatrick, también conocida como Eugenia de Montijo por el título de su padre, y que fue Emperatriz consorte de Francia en tanto que esposa de Napoleón III, con cuyo hijo posa aquí. Bien se ve que las apariencias engañan, y que muchas veces los arribistas son, como quiere la expresión popular, más papistas que el papa; todo sea por exteriorizar  legitimar su reciente poder o prestigio. Sin embargo, más allá del cómodo y dorado mundo en que vivían ambas mujeres se extendía un cielo gris que cubría las existencias de innumerables familias de obreros y campesinos que vivían en condiciones infrahumanas y a quienes ya no quedaba nada de la antigua esperanza que tuvieran durante las revoluciones liberales, que iban a traerles prosperidad y bienestar. Al menos hay que reconocer a Napoleón III la honradez de no ostentar la divisa de Libertad, Igualdad, Fraternidad…